jueves, 18 de octubre de 2012

Que Alexandrina viva nos tiene sin cuidado


Que Alexandrina viva nos tiene sin cuidado

      Que Alexandrina estuviera defecando, a las siete y media de la noche, un martes cualquiera, en pleno centro de San José, en la acera de la calle 1 con la avenida 3 para ser exactos, no tendría ninguna importancia, si no fuera porque una famosa actriz de Hollywood, a esa misma hora, en su retrete de mármol italiano carísimo, estuviera haciendo lo mismo, mientras pensaba en los acontecimientos que había vivido los últimos meses; sucesos ciertamente inéditos para ella por supuesto, pero quizás también para todo el resto de la población de geoide terráqueo.
            Que Alexandrina fuera una indigente adicta no tendría importancia si no fuera porque esta actriz estadounidense andaba en Haití, en una misión humanitaria, entregando dinero –en compañía de la prensa por supuesto- a una fundación dedicada a rehabilitar drogadictos y afines, justo en el momento en que la tierra se reventó por dentro y sacudió con una fuerza de 7 grados en la escala de Richter las paupérrimas casas que albergan la pobreza de ese país.
      El 12 de enero del año 2010, en Haití, la actriz de Hollywood que había cambiado maridos como se cambiaba de calzón en invierno, sufrió un gran susto, el primero similar en su vida. La construcción moderna y bien empotrada del hotel de lujo donde se hospedaba, le permitió continuar su vida, salir del país inmediatamente y olvidar casi al unísono con las réplicas del terremoto, aquella supuesta labor humanitaria que realizaba en el país más pobre de Latinoamérica.
      -I just want to leave this place! –dijo la actriz y todas las baterías del dinero se movieron para hacer salir del aeropuerto de Puerto Príncipe un jet privado.
      Y que Alexandrina escupiera su chorro de orines en un recorrido escabroso por la acera, hasta decaer en el caño y dejarse llevar por las alcantarillas, hasta el mismísimo Río Virilla de San José, no tendría la menor trascendencia si no fuera porque, en ese mismo lugar, la mujer (por su sexo, no por su condición), lo hiciera muchísimas veces antes, alimentando a las más siniestras formas de vida del subsuelo urbano. Como lo hiciera muchas veces la actriz, quien estuviera orinando el mismo día que Alexandrina, un viernes 11 de febrero del 2011, justo cuando la actriz visitaba Valparaíso en Chile para filmar las escenas de una película de acción, la más reciente en su haber. Esa vez la tierra bajo el mar se levantó furibunda, sacudiendo todos los alrededores de Concepción, en ese país del cono sur, uno de los más ricos de Latinoamérica. Cerca de los 7 grados fue la escala medida del terremoto, el tercero con ese impacto que vivía Chile en los últimos dos años, incluso uno que había sucedido hacía poco más de un mes, el 2 de enero, con una intensidad similar. ¿Cómo iba a imaginar Beth, la actriz, que solo un mes después se daría algo similar en Chile?
      En esa oportunidad el espanto había doblegado su voluntad de actriz de hierro, como se le conocía. Esa misma madrugada, Beth, salió volando del país con rumbo al norte, repitiendo esa mezcla confusa de pavor que se alberga entre la memoria de lo reciente, con la vivencia del momento actual.
      Ya para lo de Haití, Beth había sobrepasado su resistencia y encalló en Nueva York, mientras prometía no salir más de Estados Unidos, histérica y prepotente como alguna vez fuera bajo el alero de la fama.
      -¡Qué mierda esta vida, jueputa desgracia la que le toca a uno! –fue lo único que vociferó Alexandrina al pujar como endemoniada para poder evacuar las heces que le machacaban las tripas.
      Que Alexandrina estuviera defecando en vía pública es lo de menos, en una ciudad como muchas otras, donde ya nada importa a nadie, y la miseria también es comercial, se exhibe y se vende. Pero que, además, ella estuviera defecando en ese mismo lugar de la calle 1 de San José, el día 11 de marzo del 2011, con una fuerte diarrea por comer desechos de los basureros, no sería del todo contable si no fuera porque Beth también tenía diarrea y, en su camino de las islas Fiji a Siberia, tomara la incauta decisión de desviar su avión privado a la Costa de Honshu, en Japón, cerca del mediodía; con el propósito de buscar una cura para su molestia intestinal.
      Ese viernes 11 de marzo Partenón se adueñó con toda su ira de los mares y la tierra en el lado oeste del Cinturón de Fuego del Pacífico, y la tierra movió las maravillas de la ingeniería japonesa, que se salvaron, pero no pudieron evitar la manaza de agua que lanzara el dios de los mares sobre las costas orientales de la gran isla nipona. Desde un piso elevado de un hotel lejano al mar, Beth vio horrorizada como nadie más, la furia de Partenón arrasando todo objeto o sujeto a su paso por las playas que una vez se veían estructural y hermosamente construidas.
      Habían pasado solamente dos meses desde lo de Haití, y un mes desde lo de Chile. Pero Beth solamente podía tener en su memoria cuando se prometió no salir de Estados Unidos, promesa que no cumpliera. Se dedicó a golpearse la cabeza durante mucho rato, con la ayuda de su reciente esposo, el enésimo, quien le reprochaba que todo había sido decisiones e incumplimientos de ella.
      Salió  de Japón a las horas siguientes, temblando, emocionalmente afectada, no era para menos. Incluso decidió esa misma tarde no viajar a Siberia y regresar a su país natal.
      Que Alexandrina decidiera ir a defecar los huesos del Pollo JFK que se comió luego de encontrarlos en un basurero de la calle, al mismo lugar de siempre, un jueves cualquiera de abril del 2011, a eso de las siete de la noche, a vista y apatía de todos los transeúntes, no tendría ningún peso si no fuera porque Beth recordó, justo en ese momento, sentada en la suntuosa letrina de un Pollo JFK, en Los Ángeles, California, que esa precisa ciudad de su país, del cual ya no saldría definitivamente después de lo sucedido, es el lugar donde supuestamente hay un enjambre de fallas que se conectan a la Falla de San Andrés, promesa de un gran terremoto durante las últimas décadas, que hasta ahora no había sucedido…
      Que Alexandrina terminara de defecar los residuos del pollo, se dizque acomodase una enagua sucia y haraposa a la cintura, sin limpiarse el culo, dejando el hedor sobre la acera, y caminara destartalada, sin importarle un pito los demás, o incluso a sí misma, nos pelaría totalmente, si no fuera porque mientras ella camina con todo el desenfado hacia su búnker de crack; al norte de México, en Los Ángeles, en los sanitarios de un restaurante de Pollos JFK, encuentran a la famosa actriz Beth Lord echando espuma por la boca, sin pulso, luego de ingerir decenas de pastillas contra los nervios.
      Alexandrina en sí misma no importaría un bledo si no fuera porque ella aún “vive” y se deja caminar por las calles de San José, mientras en Los Ángeles, California, el terremoto aún no llega

1 comentario:

Prof dijo...

Muy duro y sincero, es increíble como a los ojos de muchos ciertas escenas cotidianas pasan desapercibidas culpa de la costumbre y desinterés del buen tico que todo le vale.

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